Miranda al vuelo, o el sueño de William Niño

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William estaba molesto conmigo porque había dejado el periodismo por la cocina. Desde su punto de vista, eso era un desperdicio y no escatimaba ni un momento para echármelo en cara.

Desde que yo me arrojé a ese nuevo oficio, dejamos de vernos.

“Es que yo solo me veo con mis amigos para trabajar”, me decía. Y eso era verdad, porque William era un enfermo del trabajo. Deliciosamente enfermo.

Siempre pensé que no tenía mayores aspiraciones económicas, aunque trabajaba todo el tiempo y con total frenesí, solo por el placer de dejar constancia de las cosas que lo sorprendían. Su cabeza era una máquina de ideas. De ideas luminosas, complejas, como eran sus sentimientos, como era su manera de acercarse al mundo.

Una de sus mayores aspiraciones era hacer libros, también exposiciones e inventarios. Inventariaba edificios, casas, árboles y todo cuanto pudiera ser digno de considerarse patrimonio. Era un enamorado de Caracas, del paisaje urbano y también del paisaje bucólico. Era uno de los más vehementes defensores de nuestra memoria urbana, y sobre todo de la arquitectura moderna, de que la Caracas al menos hasta hace diez años era una suerte de museo viviente.

Junto a William, cuando era yo apenas una reportera de El Universal, recorrí callejuelas y avenidas, colinas, o cualquier sitio donde hubiese  edificios de aquellos constructores italianos anónimos, que se distinguían entre otras cosas por los murales de mosaicos. Íbamos con el mismo empeño a la Concha Acústica  de Inocente Palacios, donde esas obras de Alejandro Otero hacen marco al anfiteatro; oteábamos algún edificio de Beckhoff escondido en la Alta Florida, o nos deteníamos frente a aquellas casas neo vascas de Las Mercedes, o ante unas quintas art deco que asoman en las laberínticas calles de San Bernardino.

Yo me dejaba llevar por aquel encantamiento, porque William no solo complacía con creces mi deseo de conocer, sino porque disfrutaba de ese modo sobrio de hacer de la vida un poema, en el sentido más respetable y menos pretencioso de la palabra.

William inventaba una expresión para cualquier cosa. No tenía inhibiciones para llamar a la infranqueable muralla de ranchos el Paredón de Petare. O para insistir, escuchando un bolero, en que Caracas debía asumir definitivamente su condición caribeña, separada como está de nuestro mar por esa montaña que  hubiese querido traspasar, y sorber el agua salada mientras a lo lejos su corazón escucha el tun tun de las sardinas de Naiguatá.

Disfrutaba del barrio desde adentro, de las perspectivas múltiples, plano sobre plano; de cómo las casas se adaptaban a la geografía en las manos de aquellos obreros que trabajaban en las construcciones de la ciudad formal. Veía la belleza en todas partes, y por eso yo lo quería.

Así era William y así nacieron también esos libros que buscaban mirar desde arriba el paisaje; porque él estaba empeñado en que los mapas tenían que estar atravesados por la vida de la gente. Tenía una visión humanista de la cartografía. El río, la montaña, no eran más importantes para él que los movimientos humanos, las culturas, las carreteras o los rieles de un tren.

Buscó al fotógrafo Nicola Rocco, y juntos emprendieron esa empresa de descubrir, primero a Caracas, luego a Valencia y después a Maracaibo, desde el cielo. De esa experiencia resultaron tres libros que se convirtieron en best sellers, en los que William construyó unos nuevos mapas, en los que cambiaba municipios y parroquias por paisajes.

Comenzó su cuarto libro cenital por encargo de la secretaría de Gobierno del estado Miranda. Se hicieron las fotos, siempre bajo una bitácora que William planteaba: recorridos que sinuosamente acercaban los territorios tradicionalmente  separados en los aburridos mapas geopolíticos.

Pero uno de esos días, agobiado por un país que le había sido ingrato, su corazón dejó de latir y el libro quedó allí, como esos sueños de los que despiertas antes del desenlace.

Un tiempo después Adriana D’Elia, quien entonces era secretaria de Gobierno,  me encomendó terminar la tarea. Entonces vino Esmeralda, hermana inseparable de William y uno de sus grandes amores.

La inteligencia de William era interpretativa, poética, literaria. Y con esa misma intensidad que soñaba despierto no podía ni ver una máquina de escribir, menos una computadora. Esmeralda lo acompañó, tras bastidores, en todas esas aventuras, y tenía el know how, el savoir faire. Tenía los papeles, los cuadernos, los archivos… y el mapa mental de su hermano.  Juntas acabamos de darle forma a estos apuntes, desciframos los deseos de William,convocamos a a los escritores, y convertimos todo eso en un libro digital, que presentamos el próximo miércoles 25 en la Sala Experimental del Centro Cultural Chacao de El Rosal, a las 7 de la noche.

 

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Vuelta en U / Ejercicio narrativo

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Maruja Dagnino

Allí estaba yo, desolada frente al Castillete totalmente destruido de Armando Reverón, en Macuto. Mínima, frágil, y al mismo tiempo fuerte como aquellas rocas, que eran 10 veces mi tamaño, incrustadas en los muros del museo.

Me había desempeñado siempre como periodista de cultura, y abandonar esa fuente hasta ese momento me horrorizaba, pues en definitiva yo era una suerte de artista frustrada que sublimaba con el periodismo. Pero una mañana de diciembre de 1999 envidié secretamente a mis compañeros que regresaban contando cómo el lodo se había tragado el litoral, ahora convertido en un cementerio de huesos humanos, edificios, casas, calles y avenidas. De pronto ya nadie pensaba en el Y2K, todos pensábamos en cómo fue que llovió durante 17 días y nadie hizo nada para mitigar la inminente tragedia.

El día que me enviaron a Vargas para ver qué había pasado con el santuario del pintor Armando Reverón, algo cambió en mí, del mismo modo en que cambió mi manera de ver la vida unos años antes, cuando visité el Retén de Catia.

El carro avanzaba lentamente sobre el lodo que se había devorado la carretera, todo a nuestro paso era como cine de anticipación. Los edificios estaban tapiados por un barro amarillo, y las piedras habían derribado estructuras enteras, o parte de ellas. Todo lo que veíamos y escuchábamos era testimonio de muerte: perros hambrientos que devoraban los brazos de los cadáveres que asomaban del suelo; gritos desesperados de los deudos que habían perdido a sus familiares; saqueos y violaciones que se habían desencadenado en medio de aquel caos. Historias espeluznantes que yo compulsivamente me empeñaba en recoger, llegaron conmigo hasta la sala de redacción. Había decidido por cuenta propia no conformarme con la anécdota del paradero de las muñecas (con las que Reverón, se dice, solía copular) y en cambio perderme en aquellas historias dignas de una novela, de una película.

Sentí entonces un placer egoísta y morboso: escribir sin que nada más mediara entre la realidad y yo, allí pegada al teclado, sin la sombra de otro autor a quien interpretar, y legitimar finalmente y de una buena vez a la perversa vouyerista que hay en mí.

Ese día al fin admití que irremediablemente era una periodista, después de todos mis intentos por escapar de mi destino. Sin darme cuenta del todo había dado una vuelta en U, pero no para regresar, sino para tomar una ruta que me llevara aun más lejos.

Probablemente el hecho de que mi padre fuese un anciano cuando nací, y que mi madre sea una mujer que pareciera vivir una realidad paralela, hicieron de mí un ser sin disciplina ni destino cierto. La mayoría de las personas que conozco tenían muy claro qué querían hacer con sus vidas desde siempre, pero yo me he dedicado a abandonar siempre mis proyectos cuando estoy a punto de alcanzarlos. Pienso que si he tenido algún éxito, ha sido a pesar de mí, pero paradójicamente también es cierto que, la mayoría de las cosas, las he logrado por mí misma. Siempre he estado consciente de que no poseo más bienes de fortuna que mi propio nombre, que no es que sea demasiado redituable, pero es lo único que tengo.

La disciplina es algo que he aprendido de adulta. Creo que el ejercicio físico me ha ayudado en eso, y probablemente el pánico al fracaso, que con el tiempo se enquista como un cáncer.

Mi padre era un ingeniero mecánico que trabajó casi hasta que murió, a los noventa años. Tenía unas manos inmensas que estaban siempre llenas de grasa y lavaba con jabón Ace. Recuerdo, como si fuera una secuencia de cine mudo, a mi padre, que era muy flaco, sosteniéndose los pantalones con los codos para no ensuciarlos. Yo siempre en cambio tiendo a jorobarme pues temo que la blusa se levante mucho y se me vea el abdomen. Y porque era muy tetona y aprendí a doblarme para disimular ese par de melones que me avergonzaban en extremo.

Mi padre nació en Maracaibo, pero recibió educación europea desde los siete años, cuando mi abuelo tuvo que emigrar con toda su familia a Alemania, aunque pasó muchos años luego en el Midí francés. Era un hombre dulce, un poco laxo en impartir disciplina, pero en algo era irreductible: en mi casa no se hablaba en jerga maracucha. Es probablemente por eso que ya de adulta, cuando descubrí ese placer pantagruélico, me convertí en militante de un movimiento literario que se llamó “maracuchismo leninismo”. Hoy diría que puedo manejar a mi antojo los dos universos, lo que no sé es para qué sirve eso. Tal vez para malandrear cuando no quiero parecer sifrina si estoy a bordo de un carrito por puesto, o cuando voy al mercado de Quinta Crespo para comprar gallo y mapuey.

Llegué a Caracas cual La Zulianita a los 30 años y recuerdo haberme enamorado de esta ciudad una tarde en la que llovía a cántaros. Iba por la avenida Miguel Ángel de Colinas de Bello Monte sentada en un Metrobús, y a través de la ventanilla empañada el follaje se hacía más verde con la lluvia. Entre las ramas se asomaba una arquitectura moderna decadente, que me parecía seductoramente romántica. Ese fue tal vez el momento en que me vi presa de esa emoción que los jungueanos llaman “el rapto”.

Caracas sin duda ha cambiado, y yo con ella. He pasado del enamoramiento a la apatía, como eso que sobreviene con los malos amores.

No es lo mismo, sin embargo, lo que siento con Maracaibo. A Maracaibo acabé odiándola, no sé si porque la quise con la misma intensidad. Pero en algún lugar de mi cuerpo, que no sé si es el estómago o el pecho, está la imagen de la casa de mis padres con su arquitectura bananera, el antiguo malecón donde vendían cigarrillos Winston de contrabando, la “piedradiojo” y el viejo mercado de ingeniería belga a donde mi madre me llevaba a comprar verduras, o la calle Derecha, convertida ahora en un parque desabrido, o el ancla que ornamenta el panteón de mis antepasados, navegantes genoveses, en el cementerio El Cuadrado.

De nada vale mirar hacia atrás, me digo a veces. La historia venezolana al fin y al cabo parece que se escribiera sobre un cuaderno de arena. Venezuela es como un cuadro de la serie blanca de Reverón, un paisaje que te quema las retinas, un espejismo, un cuadro impresionista, una imagen propia del astigmatismo colectivo. Tal vez por eso a veces me hace pensar que soy el personaje de una crónica que jamás deja de escribirse a sí misma. Muy probablemente sea eso lo que me mantiene atada a su libreto, pero al mismo tiempo me obliga resistirme e impedir que sea ella la que me escriba, y acabe yo, sin querer, convirtiéndome en uno de esos personajes sin rostro que caen de rodillas, de espaldas al muro, frente a su autor.

LA MUERTE ESTÁ GANANDO LA BATALLA /Por Henrique Capriles Radonski (La Región)

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A los venezolanos solo circo, es la orden que emana del palacio de Miraflores, al mejor estilo de los gobernantes de la antigua Roma, quienes, con “pan y circo”, mantenían ocupado al pueblo a cambio de sumisión, obediencia, y para sosegar y distraer a los ciudadanos de los asuntos turbios o complicados. ¿Del pan? El gobierno de Nicolás nunca se ha ocupado, ni se ocupará del pan de los venezolanos. En cuanto al circo, debemos reconocer que han sido efectivamente creativos a la hora de hacer circo.

Esa precisamente ha sido la estrategia para intentar tapar la ineficiencia, el caos y el fracaso. Bastante circo para esconder tanta desatención. Delimitar la información y censurar los medios de comunicación, para que los venezolanos no sepamos como hoy, en la Venezuela del siglo XXI, con un barril de petróleo sobre los 100 dólares, el gobierno esté poniendo los Santos Oleos no solo al sistema de salud nacional, sino a cientos de venezolanos, que comenzaron a fallecer por enfermedades fáciles de tratar.

Cómo va a ser diferente si casi todo lo que hace falta para curar no se consigue en nuestra Venezuela: desde medicamentos e insumos tan simples como una aspirina, agujas o jeringas, hasta parafina utilizada en las biopsias para diagnosticar cáncer, las drogas para tratarlo, retrovirales para pacientes con VIH, equipos e insumos médicos para las intervenciones quirúrgicas y material utilizado para los rayos X o hacer resonancias magnéticas.

Recordemos que es el gobierno el que controla los dólares necesarios para comprar suministros médicos y simplemente no hay suficientes divisas disponibles, porque se las robaron. ¿Las consecuencias en el sector salud? Faltas absolutas hasta en 85% de los equipos e insumos de salud y escasez de medicamentos que supera el 60% en todo el país.
Hoy la vida de miles de pacientes, como la de Carmen, una joven de apenas 19 años con una extraña enfermedad, dependen precisamente de esos medicamentos, como la Inmunoglobulina, que no se consiguen. Ella al igual que legiones de venezolanos enfermos de todo el país, es ignorada por quienes hoy gobiernan a nuestra Venezuela.

Nuestro pueblo tiene que saber también que lo que cobran los hermanos Castro por cada médico de esa nación que envían a nuestra Venezuela, aquí se les pudiera pagar a 25 médicos generales que trabajen en las emergencias de un hospital o a 20 cirujanos especialistas. Este gobierno, además ha expulsado del país a 25 mil galenos en 4 años. Nada más en lo que va de 2014, el 60% de las promociones de médicos, egresados de las universidades públicas, se fueron.

Probablemente muchos venezolanos se pregunten si quienes gobiernan nuestro país, ¿sabrán de los 400 pacientes del Hospital Universitario de Caracas, que esperan por sus cirugías o de las 31 venezolanas con cáncer de mama que aguardan para que les extirpen sus tumores en el Hospital Central de Maracay? ¿Estarán al tanto que se han dejado de colocar, nada más en Maracaibo durante los últimos 5 meses, 750 marcapasos al mismo número de pacientes porque no hay? ¿Tendrán conocimiento que en la Maternidad Concepción Palacios, que llegó a atender más de 100 partos diarios hasta hace unos años, ahora sólo recibe entre15 y 20 mujeres?

¿Habrán visto a los pacientes que salieron a la calle en sus sillas de rueda y cama, exigiendo atención al gobierno? ¿Estarán al tanto de las largas colas que el pueblo debe hacer para obtener una cita médica, que se verifica 5, 6 y hasta 8 ó 10 meses después? ¿Habrán oído de las más de 900 amputaciones de miembros inferiores que se realizaron en los hospitales venezolanos por falta de “stents” periféricos?

Estamos seguros que lo saben, pero se hacen la vista gorda, como bien lo hizo la Defensora del Pueblo, quien magistralmente tuvo la desfachatez de catalogar como una exageración declarar la emergencia humanitaria en nuestro país, por la crisis en el sector salud. Gobiernan sobre la miseria. Es muy fácil hacer declaraciones a la ligera y sobre la base del desconocimiento y el desprecio a la vida de nuestro pueblo.

¿Sabrá esa señora, Nicolás y los Ministros para la Salud y la Felicidad Suprema del Pueblo lo que sienten esos venezolanos y sus familias? Cuánta indolencia y desprecio hacia quienes han condenado a muerte. Queremos recordarle a la Defensora del Pueblo que la salud es la angustia asistencial primordial del ser humano. Pero eso es difícil de entender para quienes no tienen don de gente y actúan como operadores políticos de este impopular gobierno.

Han retrocedido a nuestro país a la medicina de hace 40 años. Están amputando y acabando con la vida de los venezolanos, por eso es momento que nuestro pueblo abra los ojos. Los venezolanos no tenemos que resignarnos ni acostumbrarnos a vivir al borde de la tragedia. Tenemos que impedir que la muerte siga ganando la batalla.

Debemos entender que nadie es ajeno a esa realidad. Que no tenemos que vivir en carne propia una experiencia como la de Carmen y su familia, para de una vez por todas, entender que las cosas en nuestro país no están bien. Que este gobierno fracasó y que es necesario unirnos para impulsar un cambio de modelo que nos permita ofrecer a los venezolanos salud con calidad. Vamos que sí podemos. Unión más que nunca para que tengamos un país mejor para todos. ¡Que Dios bendiga a Venezuela!

 

Venezuela: fábula de una riqueza. El valle sin amos

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  • El libro de Luis José Oropeza desmitifica la idea de que Venezuela es un país rico y devela así un país signado por la equivocación histórica.
  • El martes 5 de agosto a las 10:00 a.m. se realizará un foro en CEDICE (Cámara de Comercio, Los Caobos) y el jueves 7 será la presentación en la librería El Buscón (C.C. Paseo Las Mercedes) a las 6:30 p.m

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Caracas,agostode2014. Un ensayo deLuis José Oropeza, economista con posgrados en Economía y Ciencias Políticas en Gran Bretaña, Wisconsin y Boston, será presentado el 5 y 7 de agosto en Caracas. El libro es no solo un revelador aporte al pen- samiento económico que roza la antropología. Es, además, un deslumbrante texto lite- rario que echa mano de la historia y la literatura de ficción como referencias culturales, para develar una paradoja entre el atraso económico y la creencia de que el país ha sido bendecido por una opulencia que solo parece existir en el imaginario del venezolano.

El texto, que forma parte de la colección Destierros y prologado por el historiador Guillermo Morón, presenta los hitos que, desde El Dorado, pasando por los placeres de perlas de Cubagua, los grandes cacaos del valle de Caracas o la llegada del “oro negro”, han contribuido a crear el mito de la riqueza. Riqueza que el autor, para pe- sar de quienes siempre han creído que la cornucopia nacional es inagotable, va po- niendo cada vez más en duda hasta hacernos comprender la gran estafa a la que he- mos sido sometidos en nuestro imaginario colectivo, y sus funestas consecuencias en la paulatina generación de pobreza.

Lo interesante es que Oropeza no se conforma con presentar el mito, sino que devela los perversos mecanismos económicos y culturales en los cuales se asienta el atraso económico, señalando entre ellos, además de la ya repasada creencia de que la rique- za viene dada por vía sobrenatural, la hipertrofia de un Estado acumulador de poder y regulador del aparato económico.

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“En Venezuela —escribe Oropeza— un Estado dueño de todos los recursos se convir- tió en árbitro y señor de la vida nacional. La sociedad se hizo por excelencia una enti- dad sometida, subalterna y parasitaria de los poderes públicos. El Estado pletórico y opulento, con apenas unos logros para complacer las apariencias simuladas de un po- der falaz como ninguno, se fue quedando con todo y jamás pudo distribuir lo que re- cibió del orden espontáneo sin emprender ningún esfuerzo sostenible y confiable”.

Así, Oropeza va descifrando un Estado populista donde la propiedad —ni privada ni pública— jamás gozó de respeto alguno, o donde se ha fomentado la idea de un Estado siempre bienhechor, incapaz de infligir daño a nadie o perjuicio alguno. Somos “el testimonio histórico más perfecto de una experiencia colectiva en una sociedad donde la ley se ha consagrado como la más irrespetada de las instituciones y, no obstante, bajo ese contexto descaradamente informal de un proceso pernicioso, a cada instante y como fórmula redentora propiciamos una reforma constitucional para que, con la fatalidad más esperable, como tantas otras veces, sea frustrada y transgredida”.

Luego de abordar el escabroso tema de la nacionalización petrolera y profundizar en otros aspectos como la deficitaria educación, finalmente Oropeza se pregunta, para no dejarnos con el mal sabor de lo imposible, “cómo y con el auxilio de cuáles estrate- gias lograremos alcanzar la prosperidad y la riqueza que creíamos tener para siem- pre asegurada”. Y deja bien claro que la estatización del petróleo y de las industrias básicas en general es una de las peores decisiones económicas que el Estado venezo- lano ha tomado a lo largo de la historia. “Con esa mitificación sacralizada y estatista del negocio petrolero, como fuente continua y creciente de una renta exclusiva para su manejo discrecional por los poderes públicos, no siempre identificados o incluso muchas veces reñidos con los intereses de la sociedad, caímos como fieles devotos de un dogmatismo inconmovible que contribuyó a confirmar la adoración perpetua del Estado mismo como ente rector de la vida colectiva. Desde entonces, la extensión ar- bitraria de sus quehaceres adquirió signos hegemónicos desmedidos al margen de la sociedad y de sus intereses esenciales”, escribe en el capítulo “El mito del petróleo: la ficción de su siembra. Pdvsa o la Guipuzcoana del siglo XXI”.

Oropeza advierte de que la diversificación de la economía ha sido siempre la Batalla de Carabobo de la economía que el país nunca ha podido ganar. Y lo peor es que la producción del crudo y la renta devengada han disminuido sustancialmente, y esto hace que hasta el rentismo ya no pueda depender de las exportaciones petroleras ni de “los préstamos que ningún país o ente financiero se atreve confiadamente a con- cedernos. Las garantías exigidas para facilitar nuevos endeudamientos deben expo- ner a la nación al riesgo de su propia soberanía”. Pero Oropeza se apura también en decirnos que el hecho de que no hayamos aprovechado el petróleo y su riqueza, como la han usufructuado otras sociedades, “no es culpa del petróleo sino de las políticas que nos guiaron en su manejo, de las previsiones que hemos debido adoptar y no lo hicimos para atemperar y atenuar supuestos riesgos y repercusiones adversas”.

A la hora de responder aquella pregunta de cómo salir de la pobreza, Oropeza dice categóricamente que nada es más urgente en la vida nacional que empezar por con- vertir de manera efectiva a la sociedad venezolana, a la nación entera y nunca más al Estado, en dueño absoluto y exclusivo de las riquezas básicas de nuestro país. Y hace extensiva esta opinión a todo el aparato productivo. “Ofrecerle y conferirle al orden económico de la sociedad la libertad que la discrecionalidad del intervencionismo es- tatal le ha venido escamoteando, entraña en esta hora fatídica una de las más peren- torias urgencias nacionales. Mientras la inversión privada propia o extraña esté per- turbada por el dirigismo estatal, la riqueza venezolana no será posible”.

Anexos

El autor

Luis José Oropeza.

Abogado, graduado en Caracas, con posgrados en Economía y Ciencias Políticas en Gran Bretaña, Wisconsin y Boston. En Harvard fue designado Fellow y Visiting Scholar desde 1979 hasta 1982. Un ensayo suyo, Venezuela: A Tutelary Pluralism, fue publicado en inglés por dicha universidad. Miembro del Gabinete y Presidente y miembro de los direc- torios de diversas instituciones financieras públicas y priva- das durante tres décadas. Fue Presidente de la Fundación Rómulo Betancourt. Autor de varios ensayos y columnista de los periódicos El Impulso y El Universal.

Comentarios en torno al libro

«Venezuela: fábula de una riqueza constituye un importante aporte al debate de ideas en el país, en momentos cruciales de su tránsito histórico. El autor aborda críticamente temas econó- micos, eventos políticos, procesos sociales, controversias ideológicas y mitos culturales que han jugado —y continúan haciéndolo— papel fundamental en nuestra evolución republicana. Con visión y reflexión ponderadas, distantes a la vez de un optimismo ingenuo y de un pesimismo es- téril, el autor analiza y discute el pasado, cuestiona el presente y abre opciones hacia el porvenir. Se trata, en síntesis, de un libro que merece una cuidadosa lectura y un amplio y sereno debate, en tiempos que reclaman renovados esfuerzos de parte de los venezolanos comprometidos con la libertad individual y la independencia nacional».

Aníbal Romero

«Economista de formación y protagonista comprometido de la vida económica y política de Ve- nezuela en el último medio siglo, Luis José Oropeza hace un recorrido apasionado, crítico y con- troversial sobre el pasado y el presente venezolanos, sus mitos, carencias, inconsistencias, incer- tidumbres, logros y fracasos. Es un libro para la discusión, sin duda».

Inés Quintero

«Luis José Oropeza mete el dedo en muchas llagas. Figuras habitualmente inmaculadas para los venezolanos, como Fermín Toro y Arturo Uslar Pietri, pasan por el filo de una crítica empe- ñada en la proposición de una interpretación diversa de Venezuela. Tal vez el lector se sentirá como un pobre de solemnidad cuando termine el libro, pero tendrá elementos de sobra para un entendimiento fructífero de la sociedad a la que pertenece. La experiencia política y las luces del autor nos ponen ante el desafío de una comarca humilde cuyos administradores, pero también sus habitantes, se han empeñado en presentar como la casa de las botijas llenas. No hay tales bo- tijas porque los rivales del capitalismo lo han impedido, se afirma en este polémico ensayo que conviene consultar con detenimiento». Elías Pino Iturrieta

 

 

Turismo sociológico (y de aventura) / @marujadagnino

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Esta mañana venía yo arrellanada (cosa rara, siempre están hasta el techo) en una “camionetica”, hasta que me di cuenta de que a mi lado derecho una señora llevaba en sus manos un vergatario, que manipulaba de manera “sospechosa”. “¿Está tomando fotos? ¿A quién fotografía? ¿Será a mí? ¿Por qué a mí?” —me decía en esta cotidiana paranoia en la que se ha convertido la vida venezolana.

Nerviosamente ella guardó el teléfono y un joven que estaba detrás, vistiendo una franela roja, más bien de algún equipo de fútbol, la increpó: “Señora, usted me está tomando fotos; le voy a quitar el celular y lo voy a botar por la ventana”. Y más atrás dice otro: “¡Bótale esa mierda, chico!”. Y yo, que todavía no aprendo aquello de que “calladita te ves más bonita”, le digo al tipo: “¿Te estaba tomando fotos?”. “Sí, dice él, primero estaba yo delante de ella, me cambié para acá atrás y me sigue tomando fotos. Lo que me provoca es quitarle esa vaina y tirársela ‘pafuera”.

Cuando veo que de verdad el tipo está dispuesto a hacer eso, le digo: “Ya va, chamo, vamos a dejar la violencia, que ya no se puede estar tranquilo en ninguna parte”. Y le digo a la mujer: “Señora, usted le estaba tomando fotos al chamo?”, y la señora, sin pronunciar una palabra, mueve la cabeza a ambos lados. Entonces le pregunto al chamo: “¿Tú estás seguro de que la señora te estaba tomando fotos?”, y el muchacho confiesa que no lo podría asegurar. “Bueno, entonces vamos a calmarnos. Tampoco le vamos a romper el celular a la señora…”, le digo en todo conciliador, y el carajito se queda tranquilo.

A mi lado izquierdo, otra señora entrada en edad, hace un gesto con la cabeza de “esto no está bien”, mientras hay un silencio profundo, espeso. Nadie se atreve a alterar este falso equilibrio mientras yo, en ese proceso al que se llamaba en castellano de bachillerato “monólogo interior”, me preguntaba:

“¿De verdad la señora le estaba tomando fotos? Si es así, ¿por qué lo hacía? ¿Y por qué el joven estaba tan molesto?”. Recordé cuando una vez, en el barrio africano Chteau Rouge, fotografiaba a una hermosa mujer y casi me arranca la cámara de la mano. Le pedí excusas, le expliqué en mi pésimo francés que yo era una turista periodista que quería escribir un trabajo en torno a la cultura africana en Francia, que me encantaba su vestido tradicional, pero ella, sin ceder un ápice, argumentó que tomaban fotografías para delatarlos y pedir su deportación. La verdad no sé por qué lo recordé, tal vez por aquel tema que ahora revela otra de nuestras miserias: la delación.

No sabía yo qué pensar. ¿Por qué esta mujer le tomaba fotos a este tipo y por qué él se molestaba? ¿Era acaso un guarimbero? ¿Era ella una sapa del régimen?

Estaba absorta, cavilando, cuando inusitadamente la señora, que tal vez estaba mascullando aquella humillación de la que había sido objeto, levanta su voz áspera y dice: “es que él cree que porque me diga que me la va a quitar lo puede hacer. Como si yo no me fuera a defender”. Y lo decía sin voltear a mirar a sus agresores, como restándoles poder. Pero no había ella terminado de decir eso cuando el joven que estaba detrás de mí dijo que a esa oposición de.. (oh! shit) había que matarla a toda, caerle a tiros…

“¿Qué?” resondió la señora sin mirara atrás. “¿Me vas a pegar un tiro? Échale bola, pues”. Y el joven, con singular desprecio, responde: “no señora, usted no es nadie para que yo le pegue un tiro”.

Inquebrantable, con esa voz firme y pausada al estilo de una Sarah Bernhardt criolla cualquiera, la mujer dijo sin titubear: “Entonces si consideraras que yo fuera alguien me pegarías un tiro…”. Y lo acusó de pertenecer a un “colectivo”.

En medio de su rudeza, la señora no usaba ningún calificativo, vestía humildemente y llevaba un vetusto morral en la espalda. Era una mujer que sin duda ha vivido mucho tiempo en un ambiente de violencia, una de esas tantas personas que tienen que superar la mala vida, la terrible equivocación de vivir sin oportunidades. Una de esas mujeres que tienen que calarse todos los días a los malandros del barrio, a vivir presas dentro de su propia casa, a aceptar que sus vecinos confisquen sus derechos en nombre de una patria que no acepta lo diferente, vecinos que ahora también cargan con la vergüenza de haberse convertido en delatores políticos.

Hablamos de personas que desde hace algunos años (made in socialism) deben aguantar que se les marquen sus casas y se los excluya de Pdeval, del reparto de los tanques de agua y de todas esas dádivas con que el gobierno ha venido cultivando una peligrosa fidelidad fundamentalista, justificada con esa doctrina que se llama revolución.

“Sí, señora, soy de un colectivo, ¿y qué?”, le respondió con una media sonrisa.

Juro que puse en duda que fuese verdad, pensé que lo decía para llevarle la corriente a la señora, para burlarse de ella, dejarla en ridículo. Pero no… a medida que avanzaban dimes y diretes era obvio que el hombre lo era (o al menos me convenció).

“¿Cómo ella lo supo?”, me pregunté.

Todos los demás pasajeros veníamos mudos mientras la violencia verbal subía cada vez más de tono. Yo era como un pájaro, sentada sobre una rama frágil. Casi por primera vez no hice de abogada de causas perdidas y, peor aun, no tenía nada en claro. Era una de esas pocas veces en las que no he sabido de qué lado estar, o si debía estarlo de alguno.

De pronto la señora le dijo al conductor que la dejara en la parada, y para que sus contrincantes no pensaran que tenía miedo, agregó: “Yo sí tengo que trabajar, no como ustedes. Yo no tengo un gobierno que me mantega”. Y con la misma pagó y descendió de aquel autobús con la cabeza en alto, mientras otra mujer que venía espernancada en el puesto del copiloto asomó medio cuerpo por la ventanilla comenzó a gritar toda suerte de improperios de altìsima temperatura, y culminó con esta inefable coletilla: “!Que viva el comandante Chávez!”.

Yo me sentí menos que un átomo, nada, absolutamente nadie, cero a la izquierda con esta boca sellada, con unas ganas terribles de bajar con ella y preguntarle quién era, qué hacía, por qué tomaba fotos… pero esta vez mi cuerpo se hizo más pesado, y como en las pesadillas mis glúteos se hundieron en el asiento del autobús destartalado..

Una vez que la señora descendió, todos se agruparon adelante. El chofer decía que él no estaba de acuerdo con la “guarimba”, pero que la verdad es que Maduro no hacía nada. Que ya no había ni repuestos para los carros, que Maduro iba a tener que subir el pasaje porque sino ellos, los del transporte público, iban a quemar el país, que Maduro no resolvía nada y que todo era por culpa de la oposición. A partir de ese momento, y a pesar de que hacía esfuerzos por comprender, ya no entendía nada. Sus palabras empezaban a ser ahora como el guaguaguá de la maestra de Carlitos.

Cuando llegué a mi destino descendí del autobús y el conductor, con cara de sádico, me invitó a dar un paseo al litoral. En un gesto de ironía que solo yo comprendía, le dije: “Bueno, pero si tú invitas”. Lo miré con mi más falsa sonrisa y, sin mirar atrás, apuré el paso y me perdí, como un átomo, entre la multitud que camellaba por una sobrevivencia opresiva, absurda.

 

 

¿Tú aquí y yo allá? / Maruja Dagnino

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Como sigo aun sin carro porque no hay repuestos en el mercado para repararlo, y el ejercicio es el único placer al que puedo acceder cuando no hay lacrimógenas en el aire, en estos aciagos días, decidí ir al gimnasio y tomar un taxi de regreso a casa. Si no hubiera sido noche, habría preferido tomar el autobús, la camionetica o el carrito por puesto, como queramos llamarle a esos destartalados automóviles generalmente conducidos por unos señores de mal carácter.

Ningún taxi de la línea quería llevarme a casa, desconozco la razón, y al final un chofer accedió. “Será que tienen muchos cobres”, le dije a mi salvador de la noche, haciendo gala de mi “dialecto” maracucho. ¿Por qué no me querían llevar?, le pregunté. ¿Será que prefieren ir a Chacaíto? Los de la línea habían visto no menos de 25 tanquetas dirigirse a la concentración de Plaza Brión.

Yo desde temprano vi un contingente de no menos de 500 efectivos de la GNB, PNB y Sebin a unas cuatro cuadras de la plaza, esperando órdenes para irrumpir con amor en el lugar donde la gente se había reunido a manifestar para que liberaran a Leopoldo López, quien por cierto vale la pena recordar que no ha hecho otra cosa que llamar a manifestaciones pacíficas, un derecho constitucional que el gobierno se ha empeñado en cercenar negando “permisos” que son legalmente innecesarios.

Noooo, para allá yo no voy ni a palos. Dígame Altamira. Esa zona para mí ya ni existe. A esa gente lo único que le gusta es el caos, la violencia.

Cuando me dijo eso respiré profundo, me enderecé y le pregunté calmadamente: ¿y quién es esa gente? La derecha, me dijo. Y qué es para vos la derecha, le pregunté. La oposición, me respondió.

¿Y por qué creéis vos que hay guarimbas? Pregunté todavía. Porque lo único que quieren es el poder, me dijo. Lo que quieren es sacar al gobierno a como dé lugar, me respondió. No respetan la democracia. Se la pasan dando autogolpes.

¿Y qué es un autogolpe? Entonces me dijo que, además de maracucha era peleona. Yo estaba calmadísima. De verdad quería saber cómo razonaba este hombre.

¿Y vos no creéis que si el gobierno no le permite protestar pacíficamente la gente termina arrechándose?, le preguntaba. Y le hablé de los paramilitares. Decime con la mano en el corazón si el gobierno no tiene paramilitares? Paramilitares han existido siempre, me respondió. Pero yo pensé que este gobierno era mejor que los 40 años anteriores, los de la cuarta. Le dije.

El hombre me dijo que la oposición le desgraciaba la vida, que estaba quebrado, que no tenía cómo cumplir con sus compromisos económicos. Yo le dije que iba a ser sincera, y en ese aspecto lo fui, en realidad casi siempre lo soy: yo soy de oposición pero no estoy de acuerdo con la guarimba. Esa palabra no me gusta, es verdad, pero la usé porque necesitaba un poco de empatía.

Los de la derecha solo quieren el poder, el caos, me dijo. ¿Y qué creéis vos que es la derecha?, le pregunté. Los que no son socialistas, me dijo. Entonces vos pensáis que toda la oposición es de derecha y los del gobierno son socialistas… Usted cree que Diosdado Cabello y Vielma Mora son socialistas… Por supuesto que sí, me contestó sin un mínimo margen de duda. Entonces yo le dije que el día que ellos vivieran en las mismas condiciones que él y no tuvieran dinero para cumplir sus compromisos económicos, como él y como yo, yo le iba a creer que son socialistas, pero el problema que yo veía es que mientras nosotros pelábamos bola ellos vivían como reyes.

Yo le seguía hablando en maracucho. En esas ocasiones me siento más cómoda recurriendo a mi “idioma”. A diferencia de lo que muchos piensan, el maracucho me permite ser tierna, cariñosa, me coloca en un plano de desinhibición, me acerca más a las personas, y yo no quería alejarme de él. Yo quería que ese señor leyera correctamente mi deseo de conversar, defender mi punto de vista, pero sin entrarnos a golpes verbales. Entre una cosa y otra le decía papito lindo, le decía mi amor, y lo decía de corazón.

Llámenme comeflor si quieren. Yo lo llamo humanidad. Ese taxista no es mi enemigo, mis enemigos son los que están en el gobierno y toman las decisiones. El taxista, a mi modo de ver, es una de esas tantas víctimas a quienes se les ha secuestrado su capacidad de discernir.

Entonces el buenhombre me preguntó, y era la pregunta que estaba esperando de todo corazón, que quién en la oposición era de izquierda. Yo le dije que para empezar, yo. Que siempre he sido de izquierda, que tiré piedras, que me opuse al gobierno de CAP y al de Caldera, que mi voto siempre fue por partidos de izquierda. Causa Radical, el MAS. Y que aunque jamás me gustó el gobierno de Fidel, siempre abogué porque no hubiese bloqueo a Cuba. Y le dije que, en cuanto a los líderes, para mí Henrique Capriles era el que estaba más cerca de la izquierda. Entonces se rio con sorna, y yo le dije que no tenía derecho a burlarse de mí, que yo en ningún momento lo había irrespetado a él. Y vi cómo la risa que insistía en mantener se le iba volviendo una mueca hasta retomar el clima de respeto.

Me dijo, ya como último recurso, que no lo odiara. A mí, que soy amiga de mis exesposos, que no he hecho otra cosa en toda mi vida que preocuparme por el bienestar común, que hice campañas desde el periódico en el que trabajé para concientizar al país en torno a la pobreza. Era tan injusto que este hombre que ni me conocía me pidiera que no lo odiara… Pero decidí dejarlo pasar y no llevar la conversación hacia un tema que no me interesaba tocar en ese momento.

Le dije que, de hecho, toda la gestión de Henrique había sido siempre de inclusión, que lo conozco porque he trabajado con él, lo he visto literalmente dejar los zapatos en los barrios, que jamás le ha pedido a nadie que sea de oposición para darle, no una ayuda, sino los beneficios del producto interno bruto que nos corresponden a todos los ciudadanos. Que su dogma siempre ha sido que los empleados de la Gobernación tienen derecho a usar camisa roja si quieren, y ha promovido un clima de respeto y tolerancia. Le dije que la Gobernación no tenía ningún inconveniente en entregar recursos a consejos comunales oficialistas cuando éstos estaban dispuestos a recibirlos, que había prohibido terminantemente despedir empleados por el solo hecho de que fueran oficialistas, que había que valorar el trabajo de la gente y acabar con el clientelismo, que por cierto en Miranda nunca fue tan brutal como durante el gobierno de su predecesor, y que pocas personas había yo conocido con tanta bondad y espíritu conciliatorio, razón por la que, además, tenía ahora disidencia en un sector de la propia oposición.

Le dije, y allí exageré, que había sido chavista (la verdad es que por cosa de al menos un mes a Chávez le di el beneficio de la duda, aunque jamás voté por él), pero que me había desencantado.

Argumentó el taxista que Henrique y Leopoldo eran uña y sucio, que eran lo mismo. Yo le dije que yo creía en la democracia, y que por eso en la oposición la gente podía ser amiga y pensar diferente. No fue hasta ese momento que le dije: ¿sabéis qué me duele?, que vos sin conocerme, y sé que no lo hiciste de mala fe, me pidieras que no te odiara. Y me duele porque eso es lo que este gobierno sembró, porque eso es lo que él necesita para mantener su poder. Este gobierno se alimenta de ese odio. Y entonces fue cuando se le chispoteó: “es que yo odio a la oposición”.

En este punto ya habíamos llegado a mi casa y nos habíamos quedado hablando estacionados frente a mi edificio. Si odiáis a la oposición me odiáis a mí, que estoy conversando ahorita con vos, le dije. Yo le conté que yo tengo mi pelo pintado de amarillo y estaba pensando en teñirlo de oscuro porque sentía que la gente en la calle me miraba mal por el solo hecho de ser catirita, y que eso yo no lo había sentido nunca en este país; le dije que a mí me gustaban los negros, y que de hecho mi exesposo lo es. Él contestó que no me cambiara el tinte, que se me veía bonito, que parecía natural, y yo le dije que hoy me llamaron guarimbera y que yo jamás había estado en una guarimba, y que eso me parecía injusto. Que este gobierno nos había enseñado a prejuzgar y que eso no lo podía perdonar. Vos sois hermano mío, le dije, y le agradezco a Dios que hayamos podido tener en esta conversación, porque esto que acaba de pasar es un milagro. Él estuvo de acuerdo, nos dimos un apretón y nos despedimos con afecto.

Yo sé que él seguirá siendo oficialista, mi finalidad no era convencerlo de mi punto de vista sino tender un puente, y lo había logrado, y aunque fuese solo por un rato una opositora y un oficialista fueron solo dos personas conversando sobre lo que cada uno sentía y pensaba.

La “guarimba” es otro tema sobre el cual prefiero pasar de largo. Pero alimentar el odio no nos hace bien, ni como individuos ni como sociedad. No voy a abusar ahora de vuestra paciencia.   @marujadagnino

VER: http://www.codigovenezuela.com/2014/04/opinion/maruja-dagnino/%C2%BFtu-aqui-y-yo-alla-por-marujadagnino