Miranda al vuelo, o el sueño de William Niño

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William estaba molesto conmigo porque había dejado el periodismo por la cocina. Desde su punto de vista, eso era un desperdicio y no escatimaba ni un momento para echármelo en cara.

Desde que yo me arrojé a ese nuevo oficio, dejamos de vernos.

“Es que yo solo me veo con mis amigos para trabajar”, me decía. Y eso era verdad, porque William era un enfermo del trabajo. Deliciosamente enfermo.

Siempre pensé que no tenía mayores aspiraciones económicas, aunque trabajaba todo el tiempo y con total frenesí, solo por el placer de dejar constancia de las cosas que lo sorprendían. Su cabeza era una máquina de ideas. De ideas luminosas, complejas, como eran sus sentimientos, como era su manera de acercarse al mundo.

Una de sus mayores aspiraciones era hacer libros, también exposiciones e inventarios. Inventariaba edificios, casas, árboles y todo cuanto pudiera ser digno de considerarse patrimonio. Era un enamorado de Caracas, del paisaje urbano y también del paisaje bucólico. Era uno de los más vehementes defensores de nuestra memoria urbana, y sobre todo de la arquitectura moderna, de que la Caracas al menos hasta hace diez años era una suerte de museo viviente.

Junto a William, cuando era yo apenas una reportera de El Universal, recorrí callejuelas y avenidas, colinas, o cualquier sitio donde hubiese  edificios de aquellos constructores italianos anónimos, que se distinguían entre otras cosas por los murales de mosaicos. Íbamos con el mismo empeño a la Concha Acústica  de Inocente Palacios, donde esas obras de Alejandro Otero hacen marco al anfiteatro; oteábamos algún edificio de Beckhoff escondido en la Alta Florida, o nos deteníamos frente a aquellas casas neo vascas de Las Mercedes, o ante unas quintas art deco que asoman en las laberínticas calles de San Bernardino.

Yo me dejaba llevar por aquel encantamiento, porque William no solo complacía con creces mi deseo de conocer, sino porque disfrutaba de ese modo sobrio de hacer de la vida un poema, en el sentido más respetable y menos pretencioso de la palabra.

William inventaba una expresión para cualquier cosa. No tenía inhibiciones para llamar a la infranqueable muralla de ranchos el Paredón de Petare. O para insistir, escuchando un bolero, en que Caracas debía asumir definitivamente su condición caribeña, separada como está de nuestro mar por esa montaña que  hubiese querido traspasar, y sorber el agua salada mientras a lo lejos su corazón escucha el tun tun de las sardinas de Naiguatá.

Disfrutaba del barrio desde adentro, de las perspectivas múltiples, plano sobre plano; de cómo las casas se adaptaban a la geografía en las manos de aquellos obreros que trabajaban en las construcciones de la ciudad formal. Veía la belleza en todas partes, y por eso yo lo quería.

Así era William y así nacieron también esos libros que buscaban mirar desde arriba el paisaje; porque él estaba empeñado en que los mapas tenían que estar atravesados por la vida de la gente. Tenía una visión humanista de la cartografía. El río, la montaña, no eran más importantes para él que los movimientos humanos, las culturas, las carreteras o los rieles de un tren.

Buscó al fotógrafo Nicola Rocco, y juntos emprendieron esa empresa de descubrir, primero a Caracas, luego a Valencia y después a Maracaibo, desde el cielo. De esa experiencia resultaron tres libros que se convirtieron en best sellers, en los que William construyó unos nuevos mapas, en los que cambiaba municipios y parroquias por paisajes.

Comenzó su cuarto libro cenital por encargo de la secretaría de Gobierno del estado Miranda. Se hicieron las fotos, siempre bajo una bitácora que William planteaba: recorridos que sinuosamente acercaban los territorios tradicionalmente  separados en los aburridos mapas geopolíticos.

Pero uno de esos días, agobiado por un país que le había sido ingrato, su corazón dejó de latir y el libro quedó allí, como esos sueños de los que despiertas antes del desenlace.

Un tiempo después Adriana D’Elia, quien entonces era secretaria de Gobierno,  me encomendó terminar la tarea. Entonces vino Esmeralda, hermana inseparable de William y uno de sus grandes amores.

La inteligencia de William era interpretativa, poética, literaria. Y con esa misma intensidad que soñaba despierto no podía ni ver una máquina de escribir, menos una computadora. Esmeralda lo acompañó, tras bastidores, en todas esas aventuras, y tenía el know how, el savoir faire. Tenía los papeles, los cuadernos, los archivos… y el mapa mental de su hermano.  Juntas acabamos de darle forma a estos apuntes, desciframos los deseos de William,convocamos a a los escritores, y convertimos todo eso en un libro digital, que presentamos el próximo miércoles 25 en la Sala Experimental del Centro Cultural Chacao de El Rosal, a las 7 de la noche.

 

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